Hace un tiempo que oímos y leemos mucho acerca de las formas agile de trabajar en departamentos de RRHH.  Aplicar design thinking y lean es algo que necesitamos si queremos ayudar a nuestras organizaciones a pensar en soluciones innovadoras y ágiles 100% centradas en el cliente. Pero, ¿por dónde podemos empezar? Quiero compartir nuestra experiencia con el fin de ayudaros en este apasionante viaje.

Durante las últimas semanas hemos dedicado 30 horas a un curso específico de design thinking para la gestión de personas y proyectos en un entorno agile. Durante estas sesiones hemos visto la teoría de las metodologías de trabajo mientras las aplicábamos a necesidades reales que hay en la compañía, y el resultado ha sido maravilloso, de la convergencia a la divergencia, ahí ha estado la clave.

Implantar una metodología agile en una empresa tan grande y que además no está acostumbrada a trabajar así, tiene que empezar por la cultura de la compañía, para después pasar por un planteamiento de 360º que incluya una revisión de procesos y modelos más tradicionales que ayuden a eliminar o minimizar las barreras hacia una mayor agilidad. Esto significa que, desde la conceptualización de las ideas hasta el despliegue y la implementación de las mismas, este planteamiento tiene que ser ágil y centrado en las personas, sin miedo a desechar lo que no aporta valor.

Un servicio, un producto o un proyecto comienzan siendo una idea que sale de la cabeza de una persona. Y esa es la parte que menos inversión debería requerir para una compañía, tanto en tiempo como en dinero. Pero lo cierto es que cuando queremos proponer algo hoy en día, necesitamos argumentar que nuestra idea es la mejor, y profundizamos en la búsqueda de información y datos que la sustenten. Este proceso nos lleva a un punto de seguridad donde las ideas las hacemos tan nuestras que se hace imposible desprendernos de ellas para testar otras nuevas y seguir avanzando. Pero, ¿cómo podemos ayudar a las personas a salir de esta zona de seguridad?

Las metodologías agile nos ayudan a perderle el miedo al error, y nos enseñan que es una parte fundamental del aprendizaje. Gracias al flujo ágil de trabajo podemos comprobar en un tiempo mínimo si una idea tiene sentido, a desprendernos de ella si vemos que no, y en caso afirmativo, a sacar un mínimo producto viable que se pueda probar con el cliente o el empleado.

En el caso de nuestro equipo de trabajo, a través de un ejercicio de design thinking propusimos una solución que creo es muy interesante para departamentos de recursos humanos. La propuesta era implementar un modelo de retribución diferente para las personas que trabajan en proyectos agile, más parecida a un modelo de incentivos en ventas, donde se identifican a priori una serie de KPIs que miden el éxito del proyecto y se retribuye a los componentes del equipo en base al resultado del mismo, con un modelo de pago trimestral que a su vez refleja la agilidad con la que se quieren conseguir resultados para el cliente. Con una gestión así, buscamos motivar y maximizar la contribución individual, y además se favorece el  empoderamiento y la colaboración en cada equipo, elementos clave para que cualquier proyecto agile tenga éxito.

Ahora vamos a pilotar nuestra propuesta y veremos los resultados. Y también preguntaremos directamente a las personas implicadas una vez concluido el piloto. Porque al igual que pasa con nuestros clientes, a los que siempre hay que escuchar, el impacto emocional en la experiencia del empleado será un factor fundamental de decisión final. Y si no es lo suficientemente positivo, aprenderemos de lo que hay que mejorar y lo seguiremos intentando, esto es lo que marca la gran diferencia.

El design thinking debe estar centrado en el potencial innovador de los seres humanos y esto no siempre tiene que ver con lo digital sino, como decimos en Vodafone, el poder está en las personas.  El futuro es apasionante, Ready?